miércoles, 4 de enero de 2012

Imagínate, un acuario, un acuario cilíndrico. Un pez dorado dentro, hundido en medio de su océano. Ha tocado fondo y ha levantado un poco de arena, creando una pequeña nube. El pez se siente muy triste y solo en la pecera. Se choca continuamente, con la sensación de que es una barrera invisible, que le impide avanzar y comunicarse con los demás...Lo que nunca se le ocurre, es mirar hacia arriba y ver que hay un agujero circular en su océano, por donde puede salir. Y una vez lo hace, de repente se encuentra con un océano enorme, con más peces, algunos diferentes a él, muuuuuuuuchos diferentes a él. Pero también algún que otro ejemplar igual que él. La cuestión es darte cuenta que nosotros no somos más que peces, encerrados durante cierta etapa de nuestra vida en un acuario que nos oprime y quita el oxígeno.
A medida crecemos y tenemos la sensación de qué es cada vez más estrecho. Basta con salirnos de él una vez para comprobar que no, no estamos solos.

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